Halcones decapitados (cuento)

Seis de la mañana. Miro videos de accidentes aéreos en Youtube.

Alguno despega en falso, a otro se le incendia un motor. Pierden un tren de aterrizaje, o el piloto hace una mala maniobra… En el mejor de los casos no caen de trompa al suelo para convertirse en una bola de fuego del tamaño de un edificio.

Seis y diez de la mañana. Si todavía no me fui a dormir, se puede considerar que esta es mi trasnoche.

“Se ha roto la cabina, weón”.

Cuando un avión cae de panza a mucha velocidad, se le parte el cogote. Como un halcón decapitado. Imaginate que un halcón se queda dormido, cae al suelo de cabeza. Se rompe el cuello con tal fuerza que la cabeza queda a unos ochenta metros del cuerpo. Si pudieras hacer que un halcón dormido gane tal velocidad…

¿Y yo de dónde saqué estas ideas?

No me lo pregunto extrañado, sino más bien como respuesta a un Deja Vu.

Hago memoria. Entre más videos de aviones que explotan, porno duro, porno glamcore, porno bizarro. Vuelvo a los aviones, que arrastran nubes de tierra antes de echarse a descansar de costado. Aviones supersónicos, desfiles aéreos del ejército de algún lugar de por allá. Los pilotos se eyectan –yo no veo que se eyecten- nadie ve que se eyecten, pero a los pocos segundos se ve el hongo multicolor que baja lento, casi que flota, a ciento cincuenta metros del piso –ponele- mientras el resto del avión aprovecha para mostrarle al mundo esa especialidad tan propia de las aeronaves para convertirse en una nube de fuego en menos de un segundo.

Si caen un poco más de punta, les pasa como a los halcones decapitados. Aquello no debe ocurrir en la naturaleza, pero tengo una fijación con el concepto.

La cabeza rebota en el pavimento. Cambia de curso todo el tiempo. El pico golpea el suelo, la trayectoria es imposible de predecir. Salta para todos lados. Por fin queda apoyada de costado en la tierra húmeda por la niebla. ¿Qué niebla?

Esos aviones Caza que se estrolan contra la pista de aterrizaje me suenan a “Falcons”. “The falcons”, “The falcon”. “Beheaded Falcons”. Halcones decapitados. Hay expresiones que me gustan mucho más en otros idiomas. Por más que el español sea un idioma rico, complejo y hermoso para la poesía bien hecha.

“Subí al árbol más alto que tiene la alameda y vi miles de ojos dentro de mis tinieblas, nosotros no las vemos, las hormigas comentan, y el caracol: mi vista sólo alcanza la hierba”, dicen los de Extremoduro que dice Neruda, también en Youtube.

Campiña Irlandesa, año 98, o 97. Claro. Por ahí 96. Los falcons. Aterrizando con los brazos abiertos, como para darte un abrazo. Como los aviones que se estrellan en la corteza terrestre. ¿Qué tendría? ¿Siete años?

Y yo ¿por qué hacía eso…?

¿Yo hacía eso?

“Un niño da al mundo una valiosa lección. Este video me hizo llorar.” Ya caí en este tipo de páginas. Quiero conocer al que escribe los títulos. Debe tener una vida interesantísima. Un nene de cuatro años rechaza comida de origen animal. Y la madre se emociona. Hace media hora me hubiera sensibilizado, me hubiera enternecido. Pero ¿qué me pasa?

Los halcones, claro. Sí. No todos los niños son así de empáticos con el resto de la naturaleza. Yo defendía a las hormigas en la escuela primaria. Me agarraba a piñas porque mis compañeros las querían pisar.

¿Quién era el de los halcones…?

¿Qué pasaba con los halcones…?

Art Sparrow. “Arturo Gorrión”. Tiene sentido. Diminuto, ruidoso y enojado. Es el estereotipo de duende irlandés. Art era molesto, y ya. Del año y medio que pasé en Irlanda, es una de las pocas cosas que recuerdo.

Molesto, ruidoso, con sus manos gordas y pálidas hiperactivas. Cuando se le perdió el cuchillo se puso peor. Tenía siempre la navaja a mano. Le gustaba amenazar, le gustaba… le gustaba jugar con pájaros, claro. Sí, ya me acordé.

Google imágenes: Falcon.

Los halcones tienen un cuello más bien corto. Le hubiera sido más fácil con cuervos, pero no tenía los huevos. “El veneno es un arma de cobardes”, dicen. Correr palomas en plaza de mayo es bastante más heroico que envenenar halcones.

Creo que me acuerdo.

Art los envenenaba, no me acuerdo con qué. Yo miraba de curioso. Total ya estaban muertos. No me animaba a hacer nada, más que llevarme el veneno a otra parte cuando él no estaba. Los chicos se creen muy fácil ciertas mentiras.

“No, yo no tuve nada que ver. Por ahí se lo comieron y se fueron a otra parte”. Por ejemplo.

Pero si alguno caía, la lengua afuera, un poco de sangre en el pico, duro como una bola de plumas, Art les caía encima, contentísimo. Navaja fuera, les tallaba el cogote. Tenía práctica. Se los cortaba en derredor a las cervicales huecas que unen la cabeza con el resto del cuerpo.

Google imágenes: “Anatomía pájaro”. Sí, son vértebras cervicales. Limaba la carne hasta llegar al hueso, lo separaba con la precisión de un Menguele veterinario.

Después los tiraba con toda su fuerza. La gracia estaba en que el golpe contra el pavimento quebrase el hueso semi descubierto y la cabeza rebotara lejos, muy lejos, cuanto más lejos, mejor. Cuanto más lejos, un mejor triunfo.

Google: “Recuerdos reprimidos”

Sí.

Ya entendí.

“Transtorno disociativo”. “Traumas de la infancia, el cerebro elige no recordar”. “Hipnosis clínica, relajación, enfoque, medicación”.

No, no hace falta. Creo que ya me acuerdo.

Un año antes me agarraba a piñas porque mis compañeros mataban hormigas. Pero Art tenía una navaja… Las cosas cambian bastante cuando el otro puede cortarte el cuello…

Hasta que Art perdió su navaja. Cuando se le perdió, se puso peor. Cómo le gustaba amenazar… Y se creyó, sí, se creyó que yo no sabía nada…

Escalofrío. ¿Por qué este recuerdo es tan lúcido, de pronto? Está llorando en el garaje de su casa, llora con la cara roja, desesperado. Porque perdió la navaja. Porque tiene miedo. Porque está frustrado, porque insiste en que no le quería hacer mal a nadie.

Y ahora no me quiero acordar. No, pero ya me acordé. Y él sigue llorando, y mi sentimiento infantil de justicia, el mundo en blanco y negro… No va a pasar nada… hasta que tenga veintitrés años y me acuerde…

Su espalda contra la pared del garaje, no puede apretarse más en el rincón, se tapa la cara con las manos…

Me acuerde de…

Google: “Beheaded kid murder case Ireland 1998”

Me acuerde de por qué nos tuvimos que volver.

De barquitos de papel introvertidos

Tengo un problema -sobre todo cuando duermo poco- con los barquitos de papel introvertidos.

Ahí va, ya va.

Quien no sepa hacer un barquito de papel, sírvase buscar el procedimiento en youtube antes de seguir con este texto y perder para siempre un poco más de ese valioso tiempo que podría invertir en mirarle las tetas a sus compañeras del jardín de infantes.

Esto me pasa sobre todo cuando trato de hacer algo con los folletos que me dan en la calle. “Odontólogo, qué conveniente”, o “Bien, creo que ya es hora de que termine el secundario. Gracias, amable caballero, me convertiré en un hombre de bien”, o “Un telo con pandas. Genial. Ahora sé por qué estuvieron desapareciendo de la selva Asiática”.

Estos papeles suelen estar ligeramente curvos o combados de un lado. No son un bloque perfecto. Será por el calor de las manos, porque el pibeopiba que los reparte tiende a golpetearlos -acepten siempre los volantes del pibeopiba. En serio. Él se va más temprano a casa, los que lo mandan a volantear le garpan antes… No sean asquerosos- o porque la máquina que los fabrica los comba un toque durante el proceso de volantización…

La cuestión es que no sé para qué lado doblar el volante. Si lo doblo de tal forma que la parte “cerrada” de su curva imperceptible quede para dentro, siento que estoy creando un barquito de papel “introspectivo”. Pero si hago lo contrario, siento que voy en contra de una determinación que tiene el volante desde antes de haberme conocido. “No, me doblo para este lado. No puedo doblarme más porque no tengo fuerza. Porque soy un papel. ¿Entendés?”

Puedo pasar varios minutos con este debate interno, mientras voy para mi casa, o subo las escaleras de la facultad, o denuncio los telos de Caballito por cautiverio de especies en peligro. Anoche estuve tres horas para decidir si quería una cuenta en IBMD o en Rotten Tomatoes. El destino de un barquito no es joda. Lo va a marcar de por vida.

Al final me decanto. por uno, o por el otro. Depende de mi estado de ánimo, depende de quién sea yo ese día. 

Y en el proceso, me doy cuenta de algo: No importa qué lado haya elegido.

Porque la evoplución que le toca vivir a un volante hasta transformarse en barquito de papel tiene momentos de introspección y de extroversión. Cuando era chico le decía a esta parte del armado “abrir la boca, cerrar la boca”. Volvés a doblarlo, cerrás las puntas, creás una pirámide. Entonces metés los dedos por debajo, y lo introvertido se abre, lo extrovertido se cierra.

Porque pasar de una superficie plana a un objeto acabado requiere más de un cambio. Muchos cambios de actitudes. De forma, de naturaleza, de relación con tu mundo, el mundo de todos, y tu mundo, otra vez. 

Así seas un barquito de papel, o un pelotudo que vuelve trasnochado de la facultad.

(Nota explicatoriosa para quienes no andan por el barrio porteño de Caballito: Por mi zona reparten volantes de telo con dibujos de pandas abrazados y ofertas muy convenientes. Es barato, pero todas las veces que fui sospechaba que detrás de los espejos había un estudio de grabación transmitiendo en directo por la Deep Web, o en la TV abierta de Pekín. No sé, no lo recomiendo.)

Como si perdiera la señal

Calzas negras, toda de negro, línea de tachas vertical. Cola perfecta, los cordones de las topper detrás de las medias, atados por el talón. Flequillo recto, pelo largo. Negro. Lacio. Largo, negro, negro, recto. La cabeza vacila un poco, como si perdiera la señal y se borrara por medio segundo.

Eso. Teníamos el mismo tic nervioso.

Morocha, boca de eterno puchero, siempre a punto de besar. Sonrisa en los pómulos. Una queja en los labios. Ironía por donde quisieras encontrarla, sobre todo si tenés ganas.

Hasta de lejos parecía oler bien, toda en blanco y negro, como las uñas, las uñas a cuadros. La bufanda negra a manchas. Blancas. Como sudor de nieve. Como sonrisa perlada en el cuello.

Lo que no podía dejar de mirar era que teníamos el mismo tic nervioso.

La mirada oscura brillante, negra, ópalos con vida retroalimentada de ironía.

Y la sonrisa en los pómulos. Nada más que en los pómulos.

Calza negra repleta de tachas. Cola perfecta. Flequillo recto y labios carnosos que besan la existencia perlada de ironía.

Lo que no podía

Dejar de mirar

Era la forma

Breve

Seca

Obstinada en

Que sacudía el flequillo

Como si la cabeza se le

Desintonizara

Y me enamoré de su tic nervioso

Porque entendemos algo, al menos algo

Y me enamoré de mi tic nervioso

Que ella debía entender, aunque fuese lo único que entendía de mí.

Cosas que te pasan en el bondi.

Básicamente.

 

Elías Alejandro Fernández

La cucaracha con botas

Tengo una cucaracha en la cocina. Hace varios días que bajo y me la encuentro recorriendo la mesada. Puede que sea otra. Me gusta pensar que es siempre la misma, que tiene miedo de salir, que encontró un lugar donde quedarse hasta que pueda escapar y que no va a poner un nido en la mesada. Debe ser otra. Un integrante más de la colonia que hay arriba del techo. No sé, no nos hemos presentado.

Le pondría un nombre. Necesita -¿necesita?- un nombre. Tiene patas amarillas, como si usara botas de lluvia. Como el gato con botas, pero a otro nivel. Así como el Chapulín Colorado y Súperman. Tengo que decir que me cae mejor el Chapulín Colorado. Aunque entre él y Rorschach, me quedo con Rorschach.
De antihéroes vive el cinismo. Antihéroes que antiheroean mejor que otros antihéroes.

Los antihéroes, sin embargo, tienen nombre. Las cucharachas no. Son sencillamente “cucharachas”, o “bichos”. Bueno. A mi gato le digo “gato”. Se llama “pancho”, pero a mi hermanito suelo decirle “niño”. No soy el único. Los viejos te retan diciendo “¡nene, nene!”. A mi perra ni siquiera le digo “perra”. Le digo “perro”. Genérico. “Perr”. Le debiera decir “perr”. Es el fonema que designa la perritud. “O” y “a” designan género. Como “cucaracha”. Designa sencillamente a las cucarachas. No a cualquier coleóptero, porque las vaquitas de San Antonio están a salvo. No. A esos bichos horrendos e inofensivos, de patas peludas y quebradas en varias partes que suelen caminar por la basura.

Son feas, y son sucias. Como mi tío abuelo.

Pero mi tío abuelo tenía (tiene. Aunque no sé si ya dejó de parasitar a mis nonnos o goza de aquella salud excelente que tenemos los vividores) nombre. Porque tiene familia. Y amigos. Y enemigos. Y un registro legal.

No le quise poner nombre a la cucaracha, porque el día menos pensado mi vieja la va a detectar, va a sentir asco y le voy a tener que encajar un cucharazo en la nuca. Las cucarachas –de hecho- son todo nunca. Es que las madres no entienden del respeto hacia los tíos abuelos. Pero los llaman por sus nombres, o por su apodo cercano. “Mi hermana, mi amigo, mi profesor”. Nadie dice “mi negro de mierda”. Nadie dice “mi pobre”. Nadie dice “mi excluído”. Porque no quieren conocer sus nombres. No quieren conocer los nombres de esos seres inofensivos, feos y sucios, con ganas de vivir…

Que son las cucarachas.

Mi guitarra se llama “Moody”.

Mi tío abuelo se llama “Ciriacco”. Era un hijo de puta.

Mi gato se llama Pancho. Es lo mejor del mundo.

Buenas noches.

De la procrastinación y el entusiasmo por la vida

“El laburo que hacés en cierta forma define tu identidad, má… Es lógico que estés así cuando se te fue todo al cuerno. Pero qué se yo… No es lo único que podés hacer, viste… El tema es que es lo único que venías haciendo… y que estoy casi seguro de que tenés miedo a curarte.”

Cuando dejo de pelotudear y me pongo a hacer las cosas que supuestamente debiera, mi cerebro se activa. O mis huevos se activan, y me animo a salir un toque más al mundo. Es así. Negar aquello que de alguna forma te identifica es una señal de que, de alguna forma, te querés morir.

Admito que al menos dos o tres horas al día me quiero morir. No queda claro por qué. Pero la procrastinación, entonces, se vuelve excesiva.

El tema es cuando te juntás -lo quieras o no- con gente que tiene las mismas ganas de morirse pero no se anima. Gente que busca más excusas que acumuladas constituyan motivos sólidos para matarse de una vez en lugar de reventar neuronas y órganos del cuerpo de forma lenta y progresiva, cual agonía en cuotas.

A veces doy un paseo a la mañana. Sobre todo cuando dormí poco o seguí de largo. Ni bien piso la calle me gana la ansiedad. Se triplica, como si abandonase una atmósfera viciada y entrara en otra pura a la que no estoy acostumbrado. Mi casa es un campo magnético de caca con tres pisos repleto de aire envenenado. ¿Alguna vez se les cortó la circulación de un miembro (jejeje. Ok, no) durante unos minutos y cuando dejaron fluir la sangre sintieron un dolor enorme? Bueno. Algo así me pasa cuando voy hasta el Parque Chacabuco, o donde sea y cuelo por las pupilas aquella luz azul hermosa de las siete de la mañana.

Confesiones, qué se yo. Descargo. Postear cosas como éstas en facebook es mejor que buscar distracciones más intensas como engancharme con minitash para jugar un rato a que son mi verdugo. De algún lado inventás emociones intensas. El dolor es una. Si lo podés fabricar, en una de esas terminás por olvidarte de los problemas casi irremediables que importan de verdad.

Mirá, un Haiku pedorro:

Ansiedad del fin
Los dragones no fuman
El viento es cal

-Bueno, basta de pelotudear-

Dos minutos antes de la madurez

Estamos viviendo un impasse mechado cual segundo cósmico dentro de una era de hielo. Científicamente comprobado. Ponele. Ocupamos una franja del Cenozoinco, la “era del ser humano y los mamíferos” (como si las medusas no estuvieran a punto de conquistar los mares o los delfines no fuesen la segunda criatura más inteligente del planeta en base a métricas humanas.

Seguimos cayendo en la vanidad estúpida de referirnos a nuestros animales de compañía como “mascotas”, y a nosotros como sus “dueños”. Divinizamos a Shakespeare sin pensar que su vigencia es apenas producto de que la civilización occidental esté construida y administrada por el Reino Unido.

Ignoramos -queremos ignorar- cualquier posibilidad de extinción masiva. Inventamos al inmortalidad, le buscamos sentido a cada uno de nuestros actos. Justificamos la injusticia y el malestar ajeno por el simple hecho de que nuestra gloria vale más.

Me cago en todos. Me cago en todos. Sí, me cago en todos. En mí, y en todos.

Entréguense a lo que amen. Al arte, la biología, la filosofía, la astronomía. Cásense con el fósil de un gliptodonte. ¿Aman la economía? Entréguense a Keynes, hijos de puta. Garchen tanto como puedan. Respeten a las mujeres. Dejen que hagan lo que se les canten los huevos. Dejen que los tipos hagan lo que se les canten los huevos. Respeten a los tipos. Llamen a toda su lista de contactos en el celu a las cuatro de la mañana, imposten la voz y pidan empanadas.

Espero arrepentirme de estas palabras y encontrar la calma. También espero que jamás me arrepienta de decir esto, y dejarme llevar.

Tengo que decirlo, antes de que “esa torpe resignación a la algunos llaman madurez” ocupe y tapone el hueco destinado a contener todo lo hermoso que alguna vez esperé crear y compartir con ustedes.