De la procrastinación y el entusiasmo por la vida

“El laburo que hacés en cierta forma define tu identidad, má… Es lógico que estés así cuando se te fue todo al cuerno. Pero qué se yo… No es lo único que podés hacer, viste… El tema es que es lo único que venías haciendo… y que estoy casi seguro de que tenés miedo a curarte.”

Cuando dejo de pelotudear y me pongo a hacer las cosas que supuestamente debiera, mi cerebro se activa. O mis huevos se activan, y me animo a salir un toque más al mundo. Es así. Negar aquello que de alguna forma te identifica es una señal de que, de alguna forma, te querés morir.

Admito que al menos dos o tres horas al día me quiero morir. No queda claro por qué. Pero la procrastinación, entonces, se vuelve excesiva.

El tema es cuando te juntás -lo quieras o no- con gente que tiene las mismas ganas de morirse pero no se anima. Gente que busca más excusas que acumuladas constituyan motivos sólidos para matarse de una vez en lugar de reventar neuronas y órganos del cuerpo de forma lenta y progresiva, cual agonía en cuotas.

A veces doy un paseo a la mañana. Sobre todo cuando dormí poco o seguí de largo. Ni bien piso la calle me gana la ansiedad. Se triplica, como si abandonase una atmósfera viciada y entrara en otra pura a la que no estoy acostumbrado. Mi casa es un campo magnético de caca con tres pisos repleto de aire envenenado. ¿Alguna vez se les cortó la circulación de un miembro (jejeje. Ok, no) durante unos minutos y cuando dejaron fluir la sangre sintieron un dolor enorme? Bueno. Algo así me pasa cuando voy hasta el Parque Chacabuco, o donde sea y cuelo por las pupilas aquella luz azul hermosa de las siete de la mañana.

Confesiones, qué se yo. Descargo. Postear cosas como éstas en facebook es mejor que buscar distracciones más intensas como engancharme con minitash para jugar un rato a que son mi verdugo. De algún lado inventás emociones intensas. El dolor es una. Si lo podés fabricar, en una de esas terminás por olvidarte de los problemas casi irremediables que importan de verdad.

Mirá, un Haiku pedorro:

Ansiedad del fin
Los dragones no fuman
El viento es cal

-Bueno, basta de pelotudear-

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