Yo diría que en realidad…

Diría que, en sí, no precisás dormir demasiado
Tomate un día a la semana, qué se yo
Aunque sí te vendría bien hacer actividad física
Si te pinta podés también agarrarte a piñas con alguien

Tampoco precisás ser demasiado coherente en tu decir y en tu hacer
Con que seas menos de cinco personas a la vez, me parece que está bien

Y mucho menos necesitás pretender que tu vida esté bajo la dirección de alguna fuerza superior
Ni siquiera tu propia dirección
Que tus viejos te hayan buscado no evita que seas un accidente más del big bang

Ni escapar con pánico a los estereotipos
Ni renegar de tus escuelas de vida y de pensamiento
Nomás no trates de ser “como ese”
No trates de ser como nadie
Derrocá a tus ídolos -asesina a tus ídolos-
Y buscate otros a los que conocer y admirar hasta poder derrocarlos
No te creas mejor que nadie por saber más
Conocé tus planos mediocres y tus puntos fuertes
Ah, y opiná mucho
Es la única forma de que traten de bajarte la caña y señalar detalles que no tuviste en cuenta

Asegurá tu subsistencia
Y nunca dejes de hacer lo que te apasiona

Firmado: Uno. No sé muy bien quién. Uno que leyó mucho a Dolina y Dostoievski, de púber, hizo un click enorme hace años con Bill Hicks, entiende (o cree entender) recién ahora que Nietzche era en parte un resentido (o cuando menos conflictuado) en busca de su “deber ser”, que cree que Paul Mc Cartney es un pelotudo aunque bailotee con “All you need is love” sin tomarse a pecho el mensaje y que tiene como deporte favorito el tire y afloje de pasiones con gente del sePso opuesto.

Las definiciones largas aburren a los que tratan de etiquetar lo que venga como si tu identidad fuera producto de un referéndum.

Now hit me.

La verdadera ley del pirata

ADVERTENCIA: Post insufriblemente grandilocuente y repleto de lugares comunes.

La verdadera y única ley del pirata es aceptar que no importa en cuantos tronos dorados se tire a dormir y con cuantas señoritas se revuelque en sus viajes, siempre va a tener que dejarlos atrás para ir en pos de aquello que los románticos estúpidamente empedernidos que no queremos admitirnos como tales perseguimos hasta el fin del mundo: la libertad.

*Spoiler: La libertad no existe*

Hace poco entendí que me estaba comportando como un carroñero. Esperando a que las oportunidades caigan, aprovechándome de las desgracias, escudándome en el cinismo para no aceptar que aquellos placeres que busco son espectros que recorren cada habitación de mi casa diciendo “vení” para que descubra, por ejemplo, que dejé platos sin lavar en la cocina. Sabiendo que extraño más que nunca la compañía y la seguridad humana (lo cual es una contradicción, porque gracias a nuestras conciencias abstractas y expansivas no existe criatura más inconstante e insegura que el ser humano, al menos a mis casi 23 años).

Ir detrás del sol es un viaje inútil. Ir detrás de la muerte también, pero nos tomamos la vida demasiado en serio, y creemos, a fin de cuentas, que triunfar en la vida es convertirnos en polvo con una cuenta bancaria repleta y una excelente familia. No desprecio el ahorro, y no desprecio a quienes quieren sencillamente casarse y tener hijos, pero hace rato que entendí que es casi imposible emprender un viaje hacia el horizonte acompañado. Que ni siquiera un@ mism@ se acompaña para siempre.

No entiendo nada, y estoy lejos de entender aunque sea lo más mínimo. Cualquier concepción del mundo, del espacio social que ocupamos,d e nuestra propia sexualidad se ve puesta en jaque, cagada a golpes y disuelta por un espíritu de crítica medianamente valioso. Lo único que sé es que me gustaría compartir más tiempo con quienes aprecio -o al menos expresar con el lenguaje justo y necesario aquello que me despiertan- y en cambio estoy encerrado en mí mismo, vaya uno a saber por qué. Fui así toda la vida, y no conozco otra manera de mostrar que estoy relleno de gusanos blancos y viscosos que insinuar la punta de la enfermedad en Internet.

Tal vez porque me estuve comportando como un carroñero en lugar de un depredador paciente y cooperativo con otros depredadores de su misma calaña. O en una de esas, mientras la vida avanza, vas marcando tu espacio personal con meo cada vez más fuerte, de tal forma que tus colegas en la búsqueda del horizonte se mantienen a una distancia prudente. Sonríen de reojo y te dejan seguir en la tuya hasta que precisen un consejo.

O en una de esas todo se recude a que le puse vodka a la chocolatada mientras laburaba en un ebook para otro cliente, y eso explica todo.

Las internaciones son una buena alternativa al funeral para cuando querés reunir a toda tu familia y amigos pero superaste hace rato los cinco años y tus relaciones personales son un poco más amplias y complejas. Tiene la ventaja de que no precisás convertirte en un ser interdimensional que flote por la habitación mientras se arma una ceremonia de café y condescendencia alrededor de tu cadáver. Con tener un buen colapso nervioso o tres infartos es suficiente. La tía del primo del enfermero va a estar visitándote en menos de una semana.

Nunca subestimes el poder de la falsa piedad.

La policía de la tarjeta Sube

Algunos colectiveros corrigen tu pedido tarifario poniendo voz de sentencia.

Como si decir “2,70” en respuesta a tu “2,60” fuese un logro para la justicia. Un éxito policial. Chasquean la lengua y golpean la botonera como si aquel “dos setenta” altanero fuera un “te agarré”.

Un “no podés escapar de los lineamientos del transporte público. No sos especial, aunque intentes comportarte como tal. A tal distancia, tal tarifa. Todos somos iguales ante la ley. No robes nafta, servicio y distancia. Te agarré. Da gracias de que no te cago a trompadas, delincuente.”

Haga el siguiente experimento:

Sea correspondido por una persona cuya proximidad sea capaz de subirle la presión arterial con delicia hasta sentir que los tímpanos se le van a escapar de la cabeza. Una vez superada la parte más difícil establezca, de pronto, un grado de proximidad física alarmante. No la toque, pero permanezca en una actitud de equilibrio titubeante permanente. Admire cada acierto natural, cada accidente, cada nota curiosa en la piel, en los plieges de la ropa, gestos, cada imperfección irrelevante que l@ vuelva un poco más especial. Recorra la figura sutilmente, como si la sobrevolara. Háblele cerca. Diga cualquier cosa. Cualquiera, siempre y cuando no revele nada de lo que le ocurre. deje que le conteste, quizá acortando todavía más la distancia entre voz y voz. Pero no choque. No se apure. Y no vuelva a hablar. Muerda el aire que tal persona acaba de liberar, como quien captura al prófugo de una negligencia. No diga nada que pueda insinuar el trémolo que le agita el sistema respiratorio. Repito: Nada. No caiga en el facilismo de morderle los labios. En cambio hágase promesas. No hace falta que las cumpla, pero no las diga en voz alta, o tendrá que corresponderlas. Cáguese en todo lo que sabe. Cáguese en todo lo que sabe acerca de los procesos hormonales. Cáguese en todo lo que sabe acerca de las construcciones socioculturales. comparta el aliento sin compartir el tacto. Cree en el aire un híbrido de ambos formado por agua, aire, amilasa, hormonas, calor y microorganismos. No-diga-nada. Saboree su paladar a la distancia. Sienta el hambre. Porque de eso se trata. Del hambre. Mire a los ojos y no se preocupe por lo que hay en su propia cara.

Cuando no pueda soportarlo más, ataque.

No se pregunte “qué fue eso”. No se pregunte nada. Ya habrá tiempo más adelante, cuando la parte más difícil de este tutorial se vuelva a convertir en un problema.

(O cuando las putas tradiciones anglosajonas te echen en cara por todos los medios y redes que encuentres a quichicientos pelotudos comiéndose la boca, y cualquier razonamiento lógico que uno pueda hacer acerca de lo irrelevante que es una fecha muere bajo la oleada propagandística de los que comen delante de los pobres. Porque yo no creo en San Valentín, pero que existe, existe.)

Calmate, gil

“Los hombres tiernos se extinguieron por mujeres que no los valoraron” es una típica frase de chabón resentido que se comió un montón de rebotes por feo y loquito.

Si no le gustás, no le gustás. No rompas las pelotas, que de buenas intenciones no vive nadie. Sobre todo cuando las “buenas intenciones” son casi un chantaje que tiene como objetivo primario acceder a chuparle las tetas.

Se los digo yo, que soy feo, loquito y resentido, pero al menos trato de no molestar.