ansiedad

Como si perdiera la señal

Calzas negras, toda de negro, línea de tachas vertical. Cola perfecta, los cordones de las topper detrás de las medias, atados por el talón. Flequillo recto, pelo largo. Negro. Lacio. Largo, negro, negro, recto. La cabeza vacila un poco, como si perdiera la señal y se borrara por medio segundo.

Eso. Teníamos el mismo tic nervioso.

Morocha, boca de eterno puchero, siempre a punto de besar. Sonrisa en los pómulos. Una queja en los labios. Ironía por donde quisieras encontrarla, sobre todo si tenés ganas.

Hasta de lejos parecía oler bien, toda en blanco y negro, como las uñas, las uñas a cuadros. La bufanda negra a manchas. Blancas. Como sudor de nieve. Como sonrisa perlada en el cuello.

Lo que no podía dejar de mirar era que teníamos el mismo tic nervioso.

La mirada oscura brillante, negra, ópalos con vida retroalimentada de ironía.

Y la sonrisa en los pómulos. Nada más que en los pómulos.

Calza negra repleta de tachas. Cola perfecta. Flequillo recto y labios carnosos que besan la existencia perlada de ironía.

Lo que no podía

Dejar de mirar

Era la forma

Breve

Seca

Obstinada en

Que sacudía el flequillo

Como si la cabeza se le

Desintonizara

Y me enamoré de su tic nervioso

Porque entendemos algo, al menos algo

Y me enamoré de mi tic nervioso

Que ella debía entender, aunque fuese lo único que entendía de mí.

Cosas que te pasan en el bondi.

Básicamente.

 

Elías Alejandro Fernández

El mundo no te debe nada

Quiero revelarles algo, queridos hijos míos. Algo que va a hacer que sus vidas dejen de divagar en pensamientos vanos que los desenfoquen de sus objetivos:

El mundo no les debe nada.

No importa que se hayan esforzado por algo durante toda su vida. Pueden conseguirlo, o puede que no. Si el objetivo de su esfuerzo se condice con todo el trabajo realizado, lo más probable es que sí, lo consigan. Pero no hay un juzgado divino que dictamine quién merece progresar y quién no.

Hace décadas que los artilugios meteorológicos demostraron que no existe ninguna olla con oro al final del arcoiris. Hoy les vengo a refregar en la cara, sin azúcar ni edulcorante, que el levantarte a las 6 de la mañana para laburar todos los días no te da la suficiente inmunidad moral para que no te choreen por la calle. Que esforzarte por conquistar a una señorita no te da el derecho a reclamar cuando viene otro más atractivo que vos y te la birla.

Es un mundo injusto. O al menos “injusto” para la idea vengativa de justicia que tenemos.

Aceptalo, y seguí de pie.

Seguí sobreviviendo.

El mundo no te debe nada, querido mío.

Pungueale a esta vida amarreta un ramo de sueños, sé bueno con la gente y no me rompas más las pelotas.