Colorado

La cucaracha con botas

Tengo una cucaracha en la cocina. Hace varios días que bajo y me la encuentro recorriendo la mesada. Puede que sea otra. Me gusta pensar que es siempre la misma, que tiene miedo de salir, que encontró un lugar donde quedarse hasta que pueda escapar y que no va a poner un nido en la mesada. Debe ser otra. Un integrante más de la colonia que hay arriba del techo. No sé, no nos hemos presentado.

Le pondría un nombre. Necesita -¿necesita?- un nombre. Tiene patas amarillas, como si usara botas de lluvia. Como el gato con botas, pero a otro nivel. Así como el Chapulín Colorado y Súperman. Tengo que decir que me cae mejor el Chapulín Colorado. Aunque entre él y Rorschach, me quedo con Rorschach.
De antihéroes vive el cinismo. Antihéroes que antiheroean mejor que otros antihéroes.

Los antihéroes, sin embargo, tienen nombre. Las cucharachas no. Son sencillamente “cucharachas”, o “bichos”. Bueno. A mi gato le digo “gato”. Se llama “pancho”, pero a mi hermanito suelo decirle “niño”. No soy el único. Los viejos te retan diciendo “¡nene, nene!”. A mi perra ni siquiera le digo “perra”. Le digo “perro”. Genérico. “Perr”. Le debiera decir “perr”. Es el fonema que designa la perritud. “O” y “a” designan género. Como “cucaracha”. Designa sencillamente a las cucarachas. No a cualquier coleóptero, porque las vaquitas de San Antonio están a salvo. No. A esos bichos horrendos e inofensivos, de patas peludas y quebradas en varias partes que suelen caminar por la basura.

Son feas, y son sucias. Como mi tío abuelo.

Pero mi tío abuelo tenía (tiene. Aunque no sé si ya dejó de parasitar a mis nonnos o goza de aquella salud excelente que tenemos los vividores) nombre. Porque tiene familia. Y amigos. Y enemigos. Y un registro legal.

No le quise poner nombre a la cucaracha, porque el día menos pensado mi vieja la va a detectar, va a sentir asco y le voy a tener que encajar un cucharazo en la nuca. Las cucarachas –de hecho- son todo nunca. Es que las madres no entienden del respeto hacia los tíos abuelos. Pero los llaman por sus nombres, o por su apodo cercano. “Mi hermana, mi amigo, mi profesor”. Nadie dice “mi negro de mierda”. Nadie dice “mi pobre”. Nadie dice “mi excluído”. Porque no quieren conocer sus nombres. No quieren conocer los nombres de esos seres inofensivos, feos y sucios, con ganas de vivir…

Que son las cucarachas.

Mi guitarra se llama “Moody”.

Mi tío abuelo se llama “Ciriacco”. Era un hijo de puta.

Mi gato se llama Pancho. Es lo mejor del mundo.

Buenas noches.