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De barquitos de papel introvertidos

Tengo un problema -sobre todo cuando duermo poco- con los barquitos de papel introvertidos.

Ahí va, ya va.

Quien no sepa hacer un barquito de papel, sírvase buscar el procedimiento en youtube antes de seguir con este texto y perder para siempre un poco más de ese valioso tiempo que podría invertir en mirarle las tetas a sus compañeras del jardín de infantes.

Esto me pasa sobre todo cuando trato de hacer algo con los folletos que me dan en la calle. “Odontólogo, qué conveniente”, o “Bien, creo que ya es hora de que termine el secundario. Gracias, amable caballero, me convertiré en un hombre de bien”, o “Un telo con pandas. Genial. Ahora sé por qué estuvieron desapareciendo de la selva Asiática”.

Estos papeles suelen estar ligeramente curvos o combados de un lado. No son un bloque perfecto. Será por el calor de las manos, porque el pibeopiba que los reparte tiende a golpetearlos -acepten siempre los volantes del pibeopiba. En serio. Él se va más temprano a casa, los que lo mandan a volantear le garpan antes… No sean asquerosos- o porque la máquina que los fabrica los comba un toque durante el proceso de volantización…

La cuestión es que no sé para qué lado doblar el volante. Si lo doblo de tal forma que la parte “cerrada” de su curva imperceptible quede para dentro, siento que estoy creando un barquito de papel “introspectivo”. Pero si hago lo contrario, siento que voy en contra de una determinación que tiene el volante desde antes de haberme conocido. “No, me doblo para este lado. No puedo doblarme más porque no tengo fuerza. Porque soy un papel. ¿Entendés?”

Puedo pasar varios minutos con este debate interno, mientras voy para mi casa, o subo las escaleras de la facultad, o denuncio los telos de Caballito por cautiverio de especies en peligro. Anoche estuve tres horas para decidir si quería una cuenta en IBMD o en Rotten Tomatoes. El destino de un barquito no es joda. Lo va a marcar de por vida.

Al final me decanto. por uno, o por el otro. Depende de mi estado de ánimo, depende de quién sea yo ese día. 

Y en el proceso, me doy cuenta de algo: No importa qué lado haya elegido.

Porque la evoplución que le toca vivir a un volante hasta transformarse en barquito de papel tiene momentos de introspección y de extroversión. Cuando era chico le decía a esta parte del armado “abrir la boca, cerrar la boca”. Volvés a doblarlo, cerrás las puntas, creás una pirámide. Entonces metés los dedos por debajo, y lo introvertido se abre, lo extrovertido se cierra.

Porque pasar de una superficie plana a un objeto acabado requiere más de un cambio. Muchos cambios de actitudes. De forma, de naturaleza, de relación con tu mundo, el mundo de todos, y tu mundo, otra vez. 

Así seas un barquito de papel, o un pelotudo que vuelve trasnochado de la facultad.

(Nota explicatoriosa para quienes no andan por el barrio porteño de Caballito: Por mi zona reparten volantes de telo con dibujos de pandas abrazados y ofertas muy convenientes. Es barato, pero todas las veces que fui sospechaba que detrás de los espejos había un estudio de grabación transmitiendo en directo por la Deep Web, o en la TV abierta de Pekín. No sé, no lo recomiendo.)