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Dos minutos antes de la madurez

Estamos viviendo un impasse mechado cual segundo cósmico dentro de una era de hielo. Científicamente comprobado. Ponele. Ocupamos una franja del Cenozoinco, la “era del ser humano y los mamíferos” (como si las medusas no estuvieran a punto de conquistar los mares o los delfines no fuesen la segunda criatura más inteligente del planeta en base a métricas humanas.

Seguimos cayendo en la vanidad estúpida de referirnos a nuestros animales de compañía como “mascotas”, y a nosotros como sus “dueños”. Divinizamos a Shakespeare sin pensar que su vigencia es apenas producto de que la civilización occidental esté construida y administrada por el Reino Unido.

Ignoramos -queremos ignorar- cualquier posibilidad de extinción masiva. Inventamos al inmortalidad, le buscamos sentido a cada uno de nuestros actos. Justificamos la injusticia y el malestar ajeno por el simple hecho de que nuestra gloria vale más.

Me cago en todos. Me cago en todos. Sí, me cago en todos. En mí, y en todos.

Entréguense a lo que amen. Al arte, la biología, la filosofía, la astronomía. Cásense con el fósil de un gliptodonte. ¿Aman la economía? Entréguense a Keynes, hijos de puta. Garchen tanto como puedan. Respeten a las mujeres. Dejen que hagan lo que se les canten los huevos. Dejen que los tipos hagan lo que se les canten los huevos. Respeten a los tipos. Llamen a toda su lista de contactos en el celu a las cuatro de la mañana, imposten la voz y pidan empanadas.

Espero arrepentirme de estas palabras y encontrar la calma. También espero que jamás me arrepienta de decir esto, y dejarme llevar.

Tengo que decirlo, antes de que “esa torpe resignación a la algunos llaman madurez” ocupe y tapone el hueco destinado a contener todo lo hermoso que alguna vez esperé crear y compartir con ustedes.

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